No esperaron órdenes.
Simplemente sintieron que era momento de proteger a quienes amaban.
Mientras tanto, Valeria recibió un mensaje de su mejor amigo Daniel.
—La iglesia está abierta.
Muchas personas están entrando para ayudar a organizar alimentos y agua.
¿Vienes?
Ella respondió inmediatamente.
—Voy para allá.
Cuando llegó, encontró a decenas de vecinos trabajando juntos.
Unos acomodaban colchones.
Otros repartÃan comida.
Las madres calmaban a los niños con canciones.
Los jóvenes ayudaban a los adultos mayores.
Nadie preguntaba quién era rico.
Nadie preguntaba quién era pobre.
Solo existÃa una prioridad.
Cuidarse unos a otros.
Don Ernesto observaba la escena con lágrimas en los ojos.
—Siempre pensé que los momentos difÃciles sacarÃan lo peor de las personas.
Pero hoy estoy viendo lo contrario.
Valeria abrazó a su abuelo.
Él sonrió.