Mauricio trajo una silla como si le pesara el alma. Algunos clientes cuchichearon. Elena pidió sopa caliente, pescado, pan dulce, agua de jamaica y postre de chocolate.
La joven sostuvo la cuchara con manos temblorosas.
—Me llamo Lucía —murmuró—. Aunque en el albergue me pusieron así. No sé si era mi nombre real.
Elena casi dejó de respirar.
—¿Albergue?
Lucía tragó saliva.
—Crecí en Casa Santa Clara, en Iztapalapa. Me dijeron que me dejaron ahí cuando era bebé. Sin papeles, sin nada. Por eso aprendí rápido que uno no debe esperar que alguien vuelva por ti.
Elena sintió que el mundo se movía debajo de sus tacones.
Casa Santa Clara.
Ese nombre no debía estar en esa mesa. No después de 22 años. No después de aquella madrugada en el hospital privado donde le dijeron que su hija, Mariana, había muerto por una complicación repentina.
Entonces Lucía se acomodó el cabello mojado detrás de la oreja izquierda.
Y Elena vio la pequeña marca café, con forma de media luna.
La misma marca que tenía su bebé.
La misma que aparecía en la única foto que Elena guardaba bajo llave desde hacía 22 años.
Elena se puso de pie tan rápido que la silla rechinó.
Lucía la miró, pálida.

—¿Dije algo malo?
Elena apenas pudo hablar.
—No, hija… lo que dijiste puede cambiarlo todo.
PARTE 2
Lucía no entendió aquella palabra.
“Hija”.