El niño gritaba que algo lo mordía por dentro, pero su madrastra quería encerrarlo… hasta que la niñera olió el atole
PARTE 1
—¡Papá, sácamelo de la panza antes de que me mate!
El grito de Mateo atravesó la casa como un vidrio roto.
Eran las 3:18 de la madrugada en una residencia enorme de San Pedro Garza García, de esas con portón eléctrico, jardín perfecto y cámaras en cada esquina.
Pero esa noche nada se sentía seguro.
Mateo, de 10 años, estaba tirado sobre el piso de mármol, doblado del dolor, con la pijama pegada al cuerpo por el sudor.
Se apretaba el abdomen con las 2 manos y lloraba con una desesperación que no parecía berrinche.
—¡Se mueve, papá! ¡Neta se mueve! ¡Ella me lo puso en la comida!
Su padre, Esteban Luján, se arrodilló frente a él.
Esteban era dueño de una cadena de constructoras en Monterrey. Sabía negociar terrenos, enfrentar demandas y cerrar tratos de millones.
Pero no sabía qué hacer con su hijo gritando como si algo lo estuviera devorando por dentro.
—Mateo, mírame —le pidió, intentando no quebrarse—. Ya fuimos al hospital. Te revisaron. Dijeron que no tienes nada.
Era la cuarta noche igual.
Dolor.
Gritos.
Sudor.
Y siempre la misma frase:
“Ella me dio algo.”
“Ella me quiere sacar de la casa.”
“Ella me puso algo en el atole.”
Desde la puerta apareció Valeria.