Después, Valeria revolvió con calma hasta que el olor amargo quedó tapado por lo dulce.
Mariana quiso pensar que era medicina.
Quiso pensar que Esteban lo sabía.
Quiso pensar que una empleada nueva no podía acusar a la esposa del patrón así nomás, sin pruebas.
Pero ahora Mateo estaba en el suelo, rogando por su vida.
Esteban tomó la pluma.
Valeria se acercó a él y le puso una mano en el hombro.
—Firma, amor. Es lo mejor. Antes de que se haga daño o nos haga daño a nosotros.
Mateo soltó un llanto seco.
Mariana miró el vaso de atole todavía medio lleno sobre el buró.
Lo levantó.
Lo acercó a la nariz.
No olía a avena.
No olía a vainilla
Olía a químico escondido bajo demasiada azúcar.
—Señor Esteban —dijo, con la voz temblándole—. Antes de firmar, huélalo.
Valeria dejó de respirar.
Esteban giró lentamente.
—¿Qué dijiste?
Mariana levantó el vaso.
—Yo vi lo que la señora le puso anoche. Fueron 5 gotas.
La habitación quedó helada.
Valeria dio un paso hacia ella.
—Ten mucho cuidado, muchachita.
Mariana metió la mano en el bolsillo de su mandil y sacó una servilleta doblada.
La abrió sobre la mesa.
Adentro estaba el frasco ámbar, sin etiqueta, con restos pegajosos en la tapa.
—Lo encontré en la basura de la cocina.
Esteban miró el frasco.
Luego miró a Valeria.
Luego miró a Mateo, que ya no gritaba.
Solo esperaba.
Valeria sonrió con desprecio.
—¿Vas a creerle a la criada antes que a tu esposa?
Y Esteban, con la pluma en una mano y el vaso en la otra, entendió que estaba a una firma de traicionar a su hijo para siempre.
PARTE 2
Nadie habló durante varios segundos.
En una casa donde siempre había ruido de fuentes, aire acondicionado y puertas automáticas, aquel silencio fue brutal.
Mateo seguía en el piso, respirando cortado.
Valeria fue la primera en reaccionar.
—Esto es una ridiculez —dijo, recuperando su tono elegante—. Seguramente es algún jarabe viejo. Esta niña ni sabe lo que encontró.
Mariana apretó la servilleta.
—Yo la vi, señora.
—¡Cállate!
El grito hizo que Mateo se cubriera la cabeza con los brazos.
Y ese movimiento fue lo que terminó de romper algo dentro de Esteban.
No era capricho.
No era rechazo a la madrastra.