Llevaba una bata color champagne, el cabello suelto y la cara perfectamente triste. Se había casado con Esteban hacía apenas 8 meses, pero ya caminaba por aquella casa como si siempre hubiera sido suya.
—Amor, esto ya se salió de control —dijo con voz suave—. El niño necesita ayuda psiquiátrica.
Mateo levantó la cara, pálido.
—¡No estoy loco! ¡Usted me lo dio! ¡Yo la vi!
Valeria cerró los ojos, como si esas palabras la lastimaran.
—Esteban, por favor. Escúchalo. Me odia porque no soy su mamá. No puedes permitir que siga inventando cosas tan graves.
Sobre la mesa de noche había una carpeta azul.
Dentro estaba la orden de ingreso a una clínica privada de salud mental en Saltillo. Valeria la había conseguido “por emergencia”.
Solo faltaba la firma de Esteban.
El niño vio la carpeta y empezó a temblar más fuerte.
—Papá… no me lleves. Te juro que no estoy mintiendo.
En el pasillo, Mariana, la nueva niñera, apretaba una cobija contra el pecho.
Tenía 23 años, venía de Veracruz y llevaba apenas 2 semanas trabajando en la casa. Le habían repetido muchas veces que allí no se metiera en asuntos familiares.
Pero Mariana había visto algo.
La noche anterior, al pasar por la cocina, encontró a Valeria preparando el atole de Mateo.
No le ponía piloncillo.
No le ponía canela.
Tenía un frasquito ámbar escondido en la manga.

Mariana vio caer 5 gotas.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.