Meses después, Mateo volvió a la escuela con una lonchera hecha por su padre.
El sándwich estaba mal cortado.
La fruta iba en un recipiente enorme.
Pero Mateo la abrió, la olió y preguntó:
—¿Tú lo hiciste?
—Yo.
—¿Tú solito?
—Quemé 2 panes, pero sí.
Por primera vez en mucho tiempo, Mateo sonrió.
Mariana lo vio desde la puerta y se limpió las lágrimas sin hacer ruido.
Años después, Esteban guardó la carpeta del caso en una caja fuerte.
No para esconderla.