Elena Altamirano, dueña de hoteles, edificios y media colonia en la Ciudad de México, dejó el tenedor suspendido frente a su plato de robalo.
Frente a ella estaba una joven de unos 23 años, flaquita, empapada por la llovizna, con una chamarra rota y una bolsa negra abrazada contra el pecho.
—Disculpe, señora… ¿me regala lo que iba a dejar?
El murmullo de las mesas se apagó.
Una señora con collar de perlas hizo una mueca. Un empresario levantó la ceja como si la muchacha hubiera ensuciado el aire. El gerente, un hombre estirado llamado Mauricio, caminó rápido hacia ella.
—Ya te dije que aquí no puedes entrar —susurró, apretándole el brazo.
Pero Elena levantó la mirada.
Y se quedó helada.
No fue la ropa rota. No fue el hambre. No fue la vergüenza en la voz de aquella joven.
Fueron sus ojos.
Ojos grandes, oscuros, con una tristeza digna, idénticos a los de la bebé que Elena creyó haber enterrado 22 años atrás.
—Suéltela —ordenó Elena.
Mauricio se detuvo.
—Señora Altamirano, perdón, es una muchacha de la calle. No queremos incomodar a los clientes.
Elena dejó el tenedor sobre el plato.
—La única incomodidad aquí es ver cómo tratan a una persona como si no valiera nada.
La joven bajó la cabeza.
—No quiero causar problemas. Neta, solo tengo 3 días sin comer. Vi que iba a dejar el pan y pensé…
La voz se le quebró.
Elena sintió un golpe en el pecho.
—Siéntate conmigo.
La muchacha abrió los ojos, asustada.
—No, señora. Yo no pertenezco aquí.
—Hoy sí.
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