Paredes blancas, portón de madera, bugambilias en la entrada y el mar de Progreso brillando a pocos metros del porche.
Santiago Robles la compró por 425,000 dólares para celebrar los 50 años de matrimonio de sus padres.
Don Rafael había manejado camiones de carga durante 38 años.
Doña Elena había vendido comida en un mercado de Mérida desde antes de que Santiago aprendiera a leer.
Nunca tuvieron lujos.
Nunca pidieron nada.
Por eso, cuando Santiago les entregó las llaves, Doña Elena se tapó la boca y lloró como niña.
Don Rafael solo se quedó mirando el mar, con las manos temblando sobre la reja.
—Esto es demasiado, hijo —murmuró.
—No, papá —respondió Santiago—. Esto apenas alcanza para agradecerles.
La escritura quedó a nombre de Santiago, pero con una cláusula clara: sus padres vivirían ahí de por vida.
Durante 21 días, todo fue perfecto.
Doña Elena mandaba fotos del café en la terraza.
Don Rafael presumía en WhatsApp que por fin podía dormir escuchando las olas.
Hasta que apareció Marisol, la hermana mayor de Santiago.
Llegó con su esposo, Beto, y sus 2 hijos adolescentes.
—Solo serán unos días —dijo ella.
Pero los días se volvieron semanas.
Las llamadas de Doña Elena empezaron a ser más cortas.
Luego dejaron de llegar.
Una tarde, Santiago recibió un audio de su madre.
Su voz sonaba bajita, como si alguien estuviera escuchando detrás.
—Mijo… creo que deberías venir.
Y la llamada se cortó
Santiago manejó desde Mérida con el estómago hecho nudo.
Cuando llegó, vio la camioneta de Beto atravesada frente al garaje.
Había hieleras, toallas mojadas, latas de cerveza y juguetes tirados en el porche.
Adentro sonaba música de banda a todo volumen.
Santiago abrió la puerta sin tocar.
Lo primero que vio fue a su madre llorando junto a la escalera.
Luego vio a su padre de pie, pálido, sosteniendo una caja de cartón.
Beto estaba frente a él, señalándolo con el dedo.