—La compré para mis padres —respondió—. No para que tú llegaras con hieleras, cerveza y amenazas.
Marisol dejó la copa sobre la barra.
—Ay, por favor. Mamá y papá no necesitan una casa así. Ni saben usar el aire acondicionado. Mis hijos sí pueden aprovecharla.
Doña Elena soltó un sollozo.
Don Rafael apretó la caja contra el pecho, como si todavía creyera que debía obedecer.
Santiago lo vio y sintió que algo se le rompía por dentro.
Durante años había soportado las deudas de Marisol, sus chantajes, sus llamadas de madrugada pidiendo “un paro”.
Pero esto ya no era familia.
Esto era abuso.
—Tienen 5 minutos para sacar sus cosas —dijo Santiago.
Beto levantó la barbilla.
—¿Y si no?
Santiago sacó el celular.
—Llamo a la policía municipal. Después a mi abogado. Después revisamos las cámaras. Y luego vemos si sigues hablando tan machito.
Beto miró hacia las esquinas del techo.
Había 3 cámaras pequeñas, instaladas por seguridad desde la compra.
Marisol lo notó al mismo tiempo.
Su rostro cambió.
—¿Nos grabaste? —preguntó.
—La casa graba sola —dijo Santiago—. Qué mala suerte para ustedes.
Beto empezó a recoger maletas entre insultos.
Marisol subió por ropa, azotando puertas.
Mientras tanto, Santiago llevó a sus padres a la sala.
Doña Elena tenía los ojos hinchados.
Don Rafael tenía un moretón oscuro en el antebrazo.
—¿Él te hizo eso? —preguntó Santiago.
Su padre bajó la mirada.
—Fue un jalón nada más.
—Papá.
—No queríamos molestarte, mijo. Tu hermana decía que si llamábamos, iba a decir que tú nos tenías aquí encerrados para quedarte con la casa.
Santiago sintió un frío en el pecho.
Marisol no solo quería la casa.
Ya había construido una mentira.
Cuando Beto bajó con una mochila, todavía quiso provocar.
—Esto no se queda así. Tu hermana también tiene derechos.
—No sobre mi propiedad —respondió Santiago.
Marisol apareció detrás de él, con el maquillaje corrido.
—Tus padres no están bien, Santiago. Papá olvida cosas. Mamá se confunde. Si un juez escucha eso, veremos quién manda aquí.
Doña Elena abrió la boca, dolida.
—Marisol, ¿cómo puedes decir eso?
—Porque es la verdad —dijo ella—. Y porque alguien tiene que proteger lo que es de la familia.
Santiago entendió el plan.
Iban a intentar declarar incapaces a sus propios padres para controlar la casa.
Beto salió primero.
Marisol se detuvo en la puerta.
—Te vas a arrepentir de humillarme.
—No —dijo Santiago—. Me arrepiento de haberte perdonado tantas veces.
La camioneta arrancó dejando marcas en la arena.
La casa quedó en silencio, pero ya no se sentía como un hogar.
Santiago pasó la noche despierto.
A las 2:13 de la mañana, el celular de Don Rafael vibró sobre la mesa.
Era un mensaje de Marisol.
“Mañana vamos con abogado. Dile a Santiago que la casa también puede perderse si demostramos que ustedes no están en sus cinco sentidos.”
Santiago tomó captura.
Luego recibió otro mensaje, esta vez de Beto.
“Viejo inútil. Si no firmas la cesión, tus nietos van a saber qué clase de abuelo egoísta eres.”
Don Rafael lo leyó desde la puerta.
No dijo nada.