Fuimos directo al hospital.
Mi abuela dormía.
Me acerqué.
—Abuela...
Abrió lentamente los ojos.
—¿Volviste, chiquita?
Sonreí mientras me hacía a un lado.
—No vine sola.
Ella miró al hombre que estaba detrás de mí.
Se quedaron observándose durante varios segundos.
Ninguno hablaba.
Hasta que él dio un paso.
—No sé si... puedo decirte mamá.
Mi abuela comenzó a temblar.
Le extendió la mano.
—Yo llevo sesenta años esperando escuchar esa palabra.
Él cayó de rodillas junto a la cama.
—Mamá...
Nunca voy a olvidar ese abrazo.
Dos personas separadas por sesenta años de silencio.
Sesenta años de preguntas.
Sesenta años de lágrimas.
Mi abuela acariciaba su cabello como si todavía fuera un recién nacido.
—Perdoname...
Él negó con la cabeza.
—Vos no hiciste nada malo.
—Pensé que habías muerto.
—Y yo crecí creyendo que nadie me había querido.
Lloramos los tres.
Incluso las enfermeras lloraban en la puerta.
Mi abuela pasó el resto del día hablando con él.
Le preguntó qué le gustaba comer.
Si tenía hijos.
Si era feliz.
Le pidió fotos.
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