Después de varios llamados apareció un expediente olvidado.
Y allí estaba.
Un nombre nuevo.
Una familia adoptiva.
Una dirección antigua.
Un documento actualizado.
Estaba vivo.
Tenía sesenta años.
Me quedé mirando la pantalla durante varios minutos.
No podía respirar.
Lloraba tanto que apenas veía.
Lo había encontrado.
Marqué su número.
Contestó un hombre de voz grave.
—¿Hola?
No sabía cómo empezar.
—Perdón que lo moleste... creo que soy su sobrina.
Silencio.
Pensé que iba a cortar.
Entonces respondió:
—Hace muchos años sospecho que fui adoptado.
Las piernas me fallaron.
Nos encontramos dos días después.
Era increíble.
Tenía exactamente la misma sonrisa que mi abuela.
La misma forma de levantar una ceja.
Las mismas manos.
Le conté toda la historia.
No dijo una palabra.
Solo lloró.
Después susurró:
—Toda mi vida sentí que me faltaba una parte.
Le pregunté si quería conocerla.
No dudó.
—Sí.
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