Con abogados.
Con cualquiera que pudiera tener una pista.
Muchas veces quise rendirme.
Una tarde, después de pasar seis horas revisando documentos llenos de polvo, llegué a casa derrotada.
Mi mamá me esperaba con café.
—¿Encontraste algo?
—Sí.
Abrió los ojos.
—Que tengo alergia al polvo del siglo pasado.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
Yo también.
A veces el humor era la única forma de seguir respirando.
Pero
Mi abuela cada día estaba más débil.
Ya casi no podía levantarse.
Una mañana me dijo sonriendo:
—Si encontrás a mi hijo, decile que heredó mi nariz.
—¿Y si no la heredó?
—Entonces devolvelo.
Las dos nos reímos.
Cinco minutos después estábamos llorando abrazadas.
Una noche, revisando una lista de nacimientos trasladados a otra provincia, encontré un nombre.
La fecha coincidía.
El peso del bebé coincidía.
El horario también.
Pero figuraba como "adoptado".
Sentí que el corazón se detenía.
Seguí investigando.
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