Desde que enviudé hace casi cuatro años, mi hijo Andrés adoptó una costumbre que al principio me pareció tierna y con el tiempo se volvió sagrada: llamarme todas las noches, entre las diez y las once, sin excepción. No importa si está de viaje por trabajo, si tiene una cena con clientes o si su esposa lo espera con la comida servida. Siempre encuentra unos minutos para marcarme y preguntar lo mismo: “Mamá, ¿estás bien? ¿Estás sola? ¿Cerraste la puerta con llave?”
Yo vivo en la casa donde crié a mis tres hijos, una construcción vieja en un barrio tranquilo de las afueras. Mis otros dos hijos se fueron lejos, uno a Europa y la otra al norte del país, y solo veo a Andrés con regularidad porque vive a cuarenta minutos en auto. Al principio, cuando enviudé, sus llamadas me parecían una exageración cariñosa. “Andrés, hijo, tengo sesenta y dos años, no soy una anciana desvalida”, le decía riéndome. Él me contestaba siempre lo mismo: “Mamá, no es por eso. Es porque te quiero. Déjame ser exagerado.”
La rutina que se volvió costumbre
Con el paso de los meses, esas llamadas dejaron de parecerme excesivas y pasaron a ser el momento más esperado de mi día. Yo preparaba mi té, me sentaba en el sillón del living con la televisión de fondo, y esperaba el timbre del teléfono. Hablábamos de cualquier cosa: del clima, de mis nietos, de una película que había visto, de las plantas del patio. A veces la conversación duraba diez minutos, otras veces se estiraba hasta casi una hora. Andrés siempre me preguntaba, antes de colgar, si había cerrado con llave la puerta principal, la del patio, las ventanas del dormitorio. Yo le seguía la corriente. “Sí, hijo, todo cerrado. Andá a dormir tranquilo.”
La verdad es que no siempre cerraba todo. La casa era segura, el barrio era conocido, los vecinos éramos amigos de toda la vida. A veces dejaba la puerta del patio con la traba puesta pero sin llave, porque salía temprano a regar las plantas y me daba pereza andar buscando el llavero. Otras veces la ventana del living quedaba entreabierta porque me gustaba el aire fresco de la madrugada. Le mentía a Andrés en detalles pequeños, sin mala intención, solo para que se quedara tranquilo.
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