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Ante la situación, el equipo decidió probar una alternativa más controlada: que conviviera con un solo capibara. Sin embargo, el resultado fue igual de frustrante. George mostraba un comportamiento inusual, escapando constantemente del recinto. “Se pasaba el tiempo saltando vallas de más de metro y medio para volver al granero”, recordó McKenna. Aquellas fugas repetidas no eran simples travesuras, sino una señal clara de que algo no funcionaba.
La explicación empezó a tomar forma cuando se conoció mejor su pasado. George no nació ni creció en un entorno natural ni en contacto con otros capibaras. Había sido adquirido como animal exótico cuando era muy joven y pasó sus primeros años en un entorno doméstico. Tras la intervención de las autoridades, su antiguo dueño no pudo hacerse cargo de él, y fue entonces cuando el refugio decidió acogerlo. Esa infancia marcó su comportamiento para siempre.
Aunque su edad exacta no está clara, hay algo indiscutible: George creció rodeado de perros. Esa convivencia temprana dejó una huella evidente. Su manera de expresarse, de buscar afecto y de relacionarse se asemeja mucho más a la de un can que a la de un capibara. “Cuando está contento, salta y corre como un perro. Le encanta ponerse patas arriba al sol, pedir caricias en la barriga… y si hay perros en el sofá, hace que se bajen para ocupar su lugar”, contó Lindsay con una mezcla de asombro y ternura.
Después de un año marcado por siete escapadas, el equipo del refugio entendió que insistir en un modelo tradicional solo aumentaba su estrés. A comienzos de 2024 tomaron una decisión definitiva: permitirle vivir principalmente en el granero climatizado, con libertad para moverse y elegir con quién compartir su tiempo. El cambio fue inmediato. George se mostró más tranquilo, relajado y sociable.