1. Ejercicio gradual (la estrategia con más evidencia)
Puede sonar contradictorio recomendar movimiento a alguien que vive con dolor crónico, pero el ejercicio físico graduado es, según las guías clínicas actuales, una de las estrategias no farmacológicas con mayor respaldo para la fibromialgia.
El enfoque recomendado no es entrenamiento intenso, sino un aumento progresivo y muy paulatino de la actividad —caminata suave, estiramientos, ejercicios en agua tibia—, comenzando con sesiones cortas para evitar el brote de síntomas que puede generar el sobreesfuerzo repentino.
2. Tratar el sueño como un problema aparte, no solo una consecuencia
El sueño deficiente no solo acompaña a la fibromialgia: la empeora activamente, aumentando la sensibilidad al dolor, la fatiga y los problemas cognitivos. Por eso, tratar el sueño como un objetivo propio —no algo que “mejorará solo cuando el dolor mejore”— suele dar mejores resultados.
La terapia cognitivo-conductual para el insomnio (TCC-I) es considerada el enfoque de primera línea, con evidencia sólida específicamente en personas con fibromialgia, por encima de otras intervenciones para el sueño.
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