No volví a ser “la viuda”.
No volví a ser la mujer que mendiga explicaciones.
Volví a ser Elena.
La mujer que dejó de pedir permiso para existir.
La mujer que entendió que la lealtad no se exige con lágrimas: se sostiene con hechos.
Y cuando todo terminó, descubrí algo inesperado: el dolor no se fue… pero dejó de mandar sobre mí.
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