JUZGAR A MAMÁ TE APARTA DE LA VIDA

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UN EJERCICIO PARA COMENZAR

Busca un espacio tranquilo donde no vayas a ser interrumpida. Pon dos sillas frente a frente.
Siéntate en una. Imagina a tu madre sentada en la otra, tal como es —o como era— sin maquillarla, sin idealizarla.
Habla en voz alta. Dile todo lo que nunca dijiste. Lo que dolió. Lo que necesitabas. Lo que faltó. Permítete sentirlo mientras lo dices.
Cuando hayas dicho todo, cambia de silla. Siéntate donde estaba ella. Cierra los ojos. Intenta, solo un momento, mirar desde sus ojos: ¿Qué cargaba ella? ¿Qué no tenía? ¿Desde qué historia vivió?
Regresa a tu silla. Y antes de terminar, di en voz alta:
"Eres mi madre. Y con todo lo que fue y lo que no fue, gracias a ti estoy aquí. Recibo la vida que me diste. Y lo que fue tuyo, te lo devuelvo."
Esto no es magia. Es un primer movimiento. El sistema reconoce cuando algo se mueve hacia el orden.

UNA ÚLTIMA PALABRA

El juicio a la madre es comprensible. Viene de un dolor real. Nadie lo juzga.
Pero quedarse en él tiene un costo que el cuerpo y la vida terminan pagando.
Sanar el vínculo con ella no es hacerle un favor. Es hacerte el favor más grande que puedes hacerte a ti misma.
Porque cuando te reconcilias con tu origen, te reconcilias contigo.
Y entonces, algo fluye.

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