Leo, el hijo de siete años de Elena, estaba jugando en la estructura de escalada del parque infantil del barrio.
Era algo que realmente amaba—una de sus formas favoritas de pasar el día. Y el día en sí fue precioso. El sol brillaba, el parque estaba lleno de niños y Leo se lo estaba pasando en grande. Entonces, sin previo aviso, la tragedia golpeó y el mundo de Elena se desmoronó en un millón de pedazos.
No hubo ningún grito, ni caos repentino—solo un golpe sordo y un niño que nunca volvería a abrir los ojos.
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